Un análisis de Niebla: generación del 98 y la nivola

     Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864 – Salamanca, 1936) fue un escritor, poeta y filósofo español, considerado como el máximo exponente de la Generación del 98. Incursionó también en el teatro y el ensayo, al igual que en la política, donde llegó a ser diputado en Salamanca de 1931-1933. [1] 

     Realizó sus estudios formales en el Colegio de San Nicolás, ingresando luego en la Universidad de Madrid para estudiar Licenciatura en filosofía y Letras. Sobresalió en todos sus estudios, doctorándose en una tesis sobre la lengua vasca llamada Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca [2] con sólo diecinueve años de edad en 1884.

     Desde 1886, empezó su producción literaria con una serie de 87 cuentos y relatos cortos, de los cuales seleccionó veintiséis para la compilación de El espejo de la muerte realizada en 1913. Tuvo una bibliografía bastante extensa y variada, entre ellas se destacan los siguientes títulos:

Novelas

     —Amor y pedagogía (1902), una tragicomedia de lo absurdo en la sociología positivista.
     —Niebla (1914), su novela por excelencia e impulsadora de la nivola.
     —Abel Sánchez (1917), donde invierte el tema bíblico de Caín y Abel para presentar la anatomía de la envidia.
     —La tía Tula (1921), su última narración extensa, que presenta el anhelo de maternidad, presente en otras obras anteriores de Unamuno.

Poesías

Siguió la métrica tradicional. Aunque en sus primeras composiciones trató de eliminar la rima, más tarde acude a ella. Entre sus obras comprenden: Poesías (1907), Rosario de sonetos líricos (1911), El Cristo de Velázquez (1920), Andanzas y visiones españolas (1922), Rimas de dentro (1923), Teresa. Rimas de un poeta desconocido (1924), De Fuerteventura a París (1925), Romancero del destierro (1928) y Cancionero (1953).

     Unamuno nace y crece durante el período de la restauración borbónica en España, cuando un miembro de la casa de Borbón recupera el trono: Alfonso XII. Este evento se caracterizó por la abolición de la Primera República Española con el ascenso del general Arsenio Martínez Campos. Otras singularidades fueron: una cierta estabilidad institucional carente en anteriores años, la introducción de un modelo liberal para el Estado y el surgimiento de movimientos políticos y sociales provocados por el alza de la revolución industrial. Llegó a su decadencia en 1923 con la dictadura de Primo de Rivera, y su eventual final en 1931 con la proclamación de la Segunda República[3]

     Durante este período la decadencia en España, producto de una crisis económica y social fuera de control, llegó a la cúspide por diferentes razones: la emigración masiva hacia América, la reducción del crecimiento en la población, las epidemias y la falta de alimento. Como resultado, el país quedó estancado convirtiéndose rápidamente en el más atrasado y pobre de Europa. Mientras las demás regiones estaban en pleno apogeo del crecimiento industrial, el desarrollo económico era casi nulo, a excepción de la implementación de un ferrocarril en Cataluña, la industria textil y una que otra explotación minera en territorios como Andalucía y Asturias. Gran porcentaje de la producción económica española dependía de la agricultura, que aun operaba de manera arcaica por medio de los latifundios. Al fallar la modernización de la misma, perdió demasiado terreno versus otros exportadores, debido al modelo insostenible que le fue imposible adecuar. A parte de eso, la falta de comunicación entre regiones dificultaba la organización propia de los comercios y por esto España pierde terreno como agente valioso en la venta de productos tanto de manera interna como externa.
 
     Los cambios sociales fueron diversos. Hubo una solidificación de los valores morales-religiosos en una reconciliación con el Poder de Estado. Según la Constitución de 1876:

     «La religión Católica, Apostólica, Romana, es la del Estado. La Nación se obliga a mantener el culto y sus ministros. Nadie será molestado en territorio español por sus opiniones religiosas, ni por el ejercicio de su respectivo culto, salvo el respeto debido a la moral cristiana. No se permitirán, sin embargo, otras ceremonias ni manifestaciones públicas que las de la religión del Estado.» [4]

     La Iglesia católica, fue respaldada por la política clásica y dinástica para continuar como eje central de la cultura popular a finales del siglo XIX donde más de la mitad de la población española es analfabeta. Sin embargo, el movimiento obrero español toma fuerzas con la apertura de ateneos libertarios y escuelas populares, muy ideologizadas pero que permiten a muchos hombres y mujeres de las zonas rurales acceder a unos mínimos conocimientos.

     Se produce una sacudida nacionalista de los vascos, catalanes, con la aparición del Partido Nacionalista Vasco, La Liga de Cataluña y la Unión Catalanista. Gracias al crecimiento de las ciudades, las artes y la educación tomaron gran importancia para los republicanos españoles, considerando ambos aspectos como esenciales para el futuro de España. Dan inicio así al proyecto Institución Libre de Enseñanza, con Francisco Giner de los Ríos y Emilio Castelar a la cabeza, proyectando construir una clase dirigente moderna como en el resto de Europa. En la literatura, el Romanticismo empieza a decaer para dar paso al Realismo, y con ello una nueva visión política, económica, social y moral.

     El golpe más fuerte que recibió durante este período, fue la pérdida de sus últimos territorios en Asia y América al entrar en una humillante guerra contra Estados Unidos que les costó a Filipinas, Guam, Cuba y Puerto Rico. Se le conoce como el “Desastre del 98”, el cual vino en un momento muy inoportuno, ya que el sistema político se encontraba en recuperación casi total de su estabilidad. La potencia naval española sufrió gravemente a causa de las batallas en alta mar, y por esto fue imposible proteger sus territorios en Oceanía, así que vendieron el resto de las islas en su posesión a Alemania. Esto afectó nuevamente a la ya débil economía, y trajo consigo un enorme caos social, producto del descontento de la población con las decisiones del Estado y su incompetencia en los asuntos internacionales.

     Fue este “desastre” que llevó a la formación de la Generación del 98, un grupo de estadistas e intelectuales que exigían un cambio liberal del nuevo gobierno. Estuvieron inspirados en la corriente crítica del canovismo, conocida como regeneracionismo. Unamuno fue parte de la “generación histórica de 1871” como la llamó Julián Marías. En ella también se encontraban Ángel Ganivet, Valle-Inclán, Jacinto Benavente, Carlos Arniches, Vicente Blasco Ibáñez, Gabriel y Galán, Manuel Gómez-Moreno, Miguel Asín Palacios, Serafín Álvarez Quintero, Pío Baroja, Azorín, Joaquín Álvarez Quintero, Ramiro de Maeztu, Manuel Machado, Antonio Machado y Francisco Villaespesa.

     Se caracterizaron por distinguir una España real miserable y otra España oficial falsa. La Castilla, una región española llena de pobreza, fue de interés para los miembros del movimiento, llegando a sentir un gran amor hacia los pueblos abandonados y polvorientos. Buscan renovar y desafiar las reglas tradicionales de los géneros literarios, particularmente las barreras establecidas por los moldes, es decir, los estándares establecidos por consenso que se esperan de cada escritor para satisfacer unas normas prestablecidas que no toman en cuenta el desarrollo de su propia identidad. En la narrativa, la clásica nivola de Unamuno, la novela impresionista y lírica de Azorín, experimentando con el espacio y el tiempo, haciendo vivir al mismo personaje en varias épocas; la novela abierta de Baroja, que fue influenciada grandemente por el folletín, o la novela tipo teatral y cinematográfica de Valle-Inclán. En el teatro, el esperpento y el expresionismo de este mismo o los dramas filosóficos de Unamuno. Rechazan abiertamente al Realismo y su estética, así mismo como desprecian su retórica muy detallista. Prefieren utilizar un lenguaje popular, de carácter corto e impresionista, rescatando las palabras tradicionales y de origen campesino. Trataron de introducir en el país las corrientes europeas del Irracionalismo, más que nada a Friedrich Nietzsche y Schopenhauer. Todas sus obras disponen de un carácter subjetivo que influenció luego también al Modernismo. El pesimismo fue una actitud en general en los escritos de la Generación del 98, como una postura crítica que les llevó a simpatizar con muchos románticos, mayormente Mariano José de Larra. Estas ideologías parten principalmente de la tesis del Regeneracionismo, que aboga por la subjetividad en el arte. [5]

miguel-de-unamuno-niebla-13694-MLA112636615_8258-F[1]     La novela (o mejor dicho, la nivola) Niebla trata de Augusto Pérez, un hombre de mediana edad que pertenece a la burguesía. Al morir su madre, y éste muy apegado a ella, queda con un enorme vacío sentimental; se sumerge en varias reflexiones internas e incluso soliloquios para ocupar su tiempo libre y lidiar con su crisis existencial. Se enamora a primera vista de Eugenia Domingo del Arco y la sigue hasta su apartamento, donde le pregunta a la criada de la casa por la hermosa mujer que vio, y eventualmente le envía una carta a través de ella con sus pretensiones. Eugenia le rechaza, comentándole que tiene un novio llamado Mauricio y busca comprometerse con él. Augusto se amista con los tíos de su amada, los cuales son polos opuestos, pero están de acuerdo en que Pérez es el mejor candidato para esposo de su sobrina y hacen del burgués un invitado siempre bienvenido en la casa para que pueda acercarse a ella y convencerla de que deje a su amante flojo y desempleado.

     A pesar de todos sus esfuerzos, no logra conquistar su corazón ni convencerla de alejarse de Mauricio. Mientras tanto, pide consejos a su íntimo amigo Víctor entre partidas de ajedrez e intensos debates filosóficos existencialistas, al igual que con un perro fiel que encuentra en el parque llamado Orfeo, aunque este no responde, obviamente, porque es un perro. Otra situación que se desarrolla es que sus sirvientes, Domingo y Liduvina, atienden a sus necesidades diarias como padres, pero ignorando sus complejos comentarios intelectuales y pesimista visión de la vida. Rosario, la chica que plancha su ropa y secretamente está enamorada de él, se ve como objeto de su creciente deseo y frustración sentimental al rechazo de Eugenia, sobre todo porque dice haberse enamorado no solo de una mujer, sino de todas; es decir, su amor es ahora hacia el concepto, la idea de mujer.

     Cuando Augusto se da cuenta de que no tiene oportunidad de conseguir su amor anhelado, pretende al menos librarla de una hipoteca que tiene su residencia, y salda todas sus deudas sin consultarle primero. Eugenia considera esto un grave insulto, ya que le parece que está tratando de comprarla con su dinero como si fuera un objeto. Le rechaza nuevamente, ahora totalmente indignada, y renuncia a su casa que ya está paga, considerando que no necesita estar en deuda con un hombre al que no ama. Regresa donde su novio, y allí con él elabora un plan para conseguirle trabajo, y escapar de la presión de sus tíos, al igual que de las pretensiones del burgués empedernido.

     Al enterarse de que Eugenia ya no tiene pretendiente, y que desea acercarse nuevamente a él, incluso aceptando finalmente el regalo que le ofreció, Augusto se molesta y decide tratar de olvidarla, porque no quiere ser “la segunda opción”, el premio de consolación. Encuentra conforte en un desliz con Rosario, donde se deja llevar por su pasión y la abraza y besa inapropiadamente. Confundida y abatida por sus sentimientos hacia su jefe, y sabiendo que este nunca la querría como a Eugenia, desaparece y no regresa más a trabajar.

    Ahora comprometidos finalmente, Eugenia convence a Augusto de que le consiga un trabajo a Mauricio, porque le da lástima haberlo dejado sin sustento, ya que eran sus clases de piano lo único que le proveía comida en la mesa. Una vez lo hace, su amada desaparece, dejándole abandonado en la boda con una carta que explicaba que se había fugado con su verdadero amor, y que todo fue un plan para que pudieran estar juntos a sus expensas. Superado por el dolor y la tristeza, considera acabar con su vida para liberarse de la aflicción que le aqueja. Sin embargo, no parece tener la voluntad para lograrlo.

     Le escribe entonces, y eventualmente visita a su casa al autor de la novela, rompiendo así la cuarta barrera. Tienen entonces una discusión muy acalorada, ya que originalmente no estaba en los planes de Unamuno que su personaje muriera cuando este desea quitarse la vida, pero Augusto se revela ante su creador, ofendido por ser llamado un ente de ficción, una simple marioneta que debe bailar al movimiento de los hilos de su dueño. Al cuestionar la propia existencia de Unamuno y ofenderlo, este condena a su personaje a una mala muerte como castigo. Llega a arrepentirse de haberlo hecho, pero era demasiado tarde: Augusto muere de una indigestión o quizás una posible intoxicación al comer desbordadamente, ahora seguro de que es ficticio y que como resultado no debe gobernarse por las leyes estrictas de la naturaleza.

     Existe un epílogo, que en lugar de detallar lo que sucedió con cada personaje cuyo futuro quedó incierto, se centra exclusivamente en lo que aconteció a Orfeo; aquí el perro habla y se lamenta por la trágica muerte de su amo, siendo el único que en verdad supo apreciarlo y sufrir su ausencia, o al menos eso se sugiere en esta parte.

     La prosa de Niebla es una de las más interesantes del siglo veinte. A pesar de haber sido escrita hace casi cien años, la modernidad que posee es evidente. Al igual que el resto de los escritores del 98, se centra en una total subjetividad; esto es evidente en el rechazo a especificar exactamente el tiempo y la época donde se desarrolla, algo totalmente en contra del Realismo. Incluso, carece de especificaciones y descripciones a fondo, sin perder necesariamente un valor intelectual e incluso científico; los personajes son tratados como contrapuestas a las convenciones, y su flexibilidad los aleja completamente de convertirse en bidimensionales. Además, la formación principal de sus personalidades es a través del diálogo. Unamuno utiliza extensas conversaciones para que florezcan, pero también como un elemento impulsador de la trama; aunque están cargadas de ideologías y debates sustanciales para exponer al lector mucha de la filosofía sociopolítica del autor, se producen diversas realizaciones en el mero hablar banal, quizás más por el constante sobre-análisis metafísico que emplea el personaje principal, y otros como Víctor; Unamuno emplea monólogos tanto internos como externos en el personaje principal, aun narrando en tercera persona omnisciente. Este tipo de narrador le da un tono eminentemente nivolesco, ya que parece ser él mismo quien narra, el titiritero que tiene en sus manos los hilos. Claro esto solo queda sugerido y es mera especulación; de todas maneras ejerce la función de presentar una narrativa fresca y cargada de innovación.

     Hay una ruptura en algunas normas lógicas, que a primera vista carecen de importancia, pero son esenciales para el estilo tan distintivo de la obra: un rechazo a enfocarse en el progreso de los demás personajes secundarios, sin ser esto universal; llega incluso a concederle irónicamente ese privilegio a Orfeo, sin importar que su florecimiento no añade nada de significación a la trama, más que nada porque el perro no es tratado como sapiente hasta el epílogo. No confiere tampoco al lector puntos esenciales que condicionarán al argumento y prefiere darle enorme cabida a las reflexiones y discusiones más lejanas de la realidad; se sumerge profundamente en la metafísica, sin necesidad de recurrir a un surrealismo o mejor dicho una desconexión de la realidad objetiva. La sociedad vive y se atiene a las normas físicas y biológicas del plano real, pero puede su escritor romper las estructuras materiales a su deseo, como se aprecia en el inexplicado clímax, cuando su creación le enfrenta. Nunca vemos el cruce entre dimensiones, porque no es necesario; en la novela el personaje no puede encarar al autor o viceversa, pero en la nivola sí.

    Otro misterio es el tiempo de la narración: casi parece flotar a la deriva sin ser arrastrado por ninguna corriente cronológica, un claro rechazo de los parámetros establecidos por el Realismo, que da suma importancia a atenerse a la realidad determinada en el momento en que se escribe, como espejo de la misma. En Niebla, poco caso se hace a imponer una fecha; se puede inferir un tiempo aproximado con la mención de algunos utensilios más contemporáneos (por ejemplo, Rosario se describe como la planchadora de Augusto; así se puede más o menos ubicar el espacio entre finales del siglo XIX y principios del XX). Los saltos temporales están presentes, a veces bastante drásticos; no existe una transición precisa entra la noche y el día, o de días, meses y semanas. Entre capítulos puede pasar una hora, como una semana; sin embargo, sigue un orden bastante lógico que no se presta para incoherencias.

    Una de las singularidades de Unamuno es la complejidad de sus personajes. Siguiendo con la línea de librarse de los moldes, en primera instancia parecería que están diseñados en base a arquetipos, pero en verdad se escabullen de ellos; su originalidad recae en la personalidad que desarrollan, más allá de existir para esgrimir un papel en la trama. Son humanos, lejos del maniqueísmo clásico, pero en su plena dualidad espiritual, filosófica y moral, muy característico en el ser humano.

     Personajes

     —Augusto Pérez: Es el protagonista de la novela. De familia burgués, su vida se transforma completamente al enamorarse. Fue muy apegado a su madre, que murió recientemente según los hechos en la obra. Está bastante encerrado en sí mismo, como se evidencia en sus constantes desconexiones del mundo externo en sus reflexiones, o por el hecho de que prefiere socializar con un perro, que solo le escuchará sin opinar. Tiene un solo amigo íntimo, Víctor, que comparte su pasión por los enredos filosóficos que utiliza para lidiar con la vida. Es muy apasionado y fiel subscriptor al debate; peculiarmente, como su autor, tiene una obsesión con el existencialismo, particularmente con el viejo problema metafísico de la vida después de la muerte. A pesar de explorar este tema, Unamuno hace pocas referencias directas a la religión, a excepciones de algunas recurrentes a la búsqueda de fe. Sin embargo Augusto no es el centro en esta problemática. Cuando descubre el amor, el personaje cae por un momento en estereotipos habituales de la narrativa: al principio es el amante desesperado, casi con un tono Goethiano, similar al protagonista del Werther. El personaje desafía estas convicciones con ingeniosidad; cuando es rechazado por Eugenia, pierde el interés por ella, muriendo bastante de su infatuación hacia su persona. Además, nos enteramos de que su amor siempre fue más hacia el concepto de la mujer: no solo encuentra a Eugenia desde que tuvo su despertar emocional, sino a cada una de las féminas que encuentra, inclusive llegó a apreciar la belleza madura de Liduvina al admirarla con más detención.

     Es bastante neurótico y se deja arrastrar por sus sentimientos, como manifestación del eterno pesimismo presente en los escritos de la Generación del 98. Llega a tal punto de sentir molestias físicas a través de las sacudidas emocionales, perdiendo el conocimiento o sufriendo ataques de nerviosismo (sudores, temblores…) y al parecer, también es bastante misógino, práctica muy común todavía en 1914. En una parte llega a la conclusión de que la mujer no posee alma, o esencialmente ningún valor propio, y que se trata más de un colectivo, una sola consciencia que opera al unísono, de la que dice enamorarse.

     —Eugenia Domingo de Arco: Una mujer determinada, de fuerte carácter e independiente. Es una pianista aunque detesta tocar el piano; vive una vida vacía y de desencanto, presionada constantemente por sus tíos que buscan controlarla. Tiene una relación con un hombre vago y sin ambición, total antítesis de Augusto, llamado Mauricio. Ella se encarga de mantenerlo con su sueldo como maestra de piano. No le importa tanto como pretende que no busque trabajo ni tenga aspiraciones. Pertenece a una clase media, y posee deudas, sobretodo una hipoteca sobre su vivienda principal.

     A veces tiende a ser impulsiva e irracional; demuestra ser astuta, calculadora y manipuladora, al igual que su familia. No lleva una personalidad tan extravagante como sus tíos, y es algo más reservada. Tiene un orgullo bastante grande, y una mente decidida, dando rara vez su brazo a torcer.

     —Mauricio: Novio de Eugenia, un hombre perezoso que vive del cuento. A pesar de estar constantemente bajo ataque de su prometida para que busque empleo, siempre se excusa y evita hacer cualquier esfuerzo para mejorar su situación, justificando la haraganería con la dificultad que supuestamente enfrenta, adjudicando la culpa de su desempleo a la situación social, entre otras excusas baratas.

     Queda sugerido que su interés por Eugenia es puramente por el beneficio económico, ya que le mantiene y no parece importarle. Como Eugenia, se da a conocer como un individuo bastante astuto y la ayuda a fabricar el timo que sirve como clímax en el relato.

     —Víctor: es el amigo íntimo de Augusto y a quien este le cuenta todas sus penas, le confiere sus dudas y espera sus consejos. El autor lo utiliza como la vasija desde la que vierte toda su teoría sobre la nivola, explicando que dicho personaje busca escribir en un nuevo estilo que se gobierne por sus propias reglas para así no tener barreras. Unamuno llega hasta intervenir en uno de los diálogos:

     “Mientras Augusto y Víctor sostenían esta conversación nivolesca, yo, el autor de esta nivola, que tienes, lector, en la mano y estás leyendo, me sonreía enigmáticamente al ver que mis nivolescos personajes estaban abogando por mí y justificando mis procedimientos, y me decía a mí mismo: «¡Cuán lejos estarán estos infelices de pensar que no están haciendo otra cosa que tratar de justificar lo que yo estoy haciendo con ellos! Así cuando uno busca razones para justificarse no hace en rigor otra cosa que justificar a Dios. Y yo soy el Dios de estos dos pobres diablos nivolescos»”. [6]

     Es muy sabio, incluso más que el protagonista, y quizás un poco más críptico y filósofo en el hablar. A través de él se explora la familia, ya que se desarrolla una historia paralela en la que Víctor debe lidiar con un hijo que acaba de tener con su esposa al que habían aprendido a no desear, porque en su juventud les fue imposible concebir.

     —Domingo y Liduvina: Son los criados de Augusto, y actúan como figuras paternas para él.  Se preocupan bastante por la salud y el bienestar de su amo, y llevan una relación bastante cercana y amistosa.

     —Ermelinda y Fermín: Los tíos de Eugenia. Polos opuestos, Fermín describiéndose como un anarquista empedernido, mientras Ermelinda se concierne con el orden, que desea proyectar en la vida de su sobrina. Se caracterizan por ser muy controladores, manipuladores e interesados, pero de buenas intenciones al igual que son bastante agradables.

     —Rosario: Se encarga de planchar la ropa en la casa del protagonista. Es una mujer de clase baja, pero joven y bella; al contrario de Eugenia, tiene poca determinación, y se deja dominar por Augusto sin oponer ninguna resistencia, sirviendo así de su antítesis como lo es Mauricio del personaje principal.

    Mujer simple y tímida; está enamorada de Augusto y hace lo posible por que no se note.

     —Orfeo: Un perro que encuentra en el parque Augusto, y que lo adopta como su mascota. Es siempre fiel, y le confía sus frustraciones y dolores, así como también sus emociones. Lo considera un compañero cercano, y le habla como si fuera un humano, aunque no desconoce su condición de animal.

     Es incluido en el epílogo, en un monólogo donde expresa estar devastado por la muerte de su amo, y explica el afecto que le tuvo.

     La nivola de Unamuno es una de las prácticas literarias más diestras del siglo XX.  Niebla es su máxima expresión, siendo un eje del eventual surgimiento del Modernismo. Una prosa construida delicadamente para atender a las necesidades de una ideología filosófica rebelde, enrevesada y sobretodo, revolucionaria. Las inquietudes que provoca al lector le hacen reconsiderar sus concepciones previas existenciales, morales e incluso espirituales (al menos en el sentido estrictamente poético).

     Pero no solo se trata de ser provocativa. Este libro está magníficamente organizado, con una estructura sólida; un dominio impresionante de las interacciones humanas entre los personajes, un diálogo sustancioso cargado de ideas reformadoras y una percepción única de una sociedad que parece vivir en el infinito, ya que las idiosincrasias se transfieren perfectamente a la edad actual sin perder ningún sentido.

     El sobreuso del diálogo, ahoga muchas veces a la misma prosa; es manejado con rectitud, rara vez desvirtuando considerablemente la narrativa. La habilidad de Unamuno de cuestionar la condición del hombre, incluso a través de las charlas más insípidas, llega a su cúspide por medio de los debates, las discusiones arremetidas y acaloradas que se niegan a aceptar lo simple como tal, buscando un sentido más profundo y valioso.

     Hay un calor de curiosidad, de sublevación. Un deseo de encontrar algo dentro de lo imposible, o tal vez de derribar los muros invisibles que impiden una mayor difusión del unamuno2[1]genio creativo del ser humano. La literatura es, después de todo, un ejercicio humano, y es a través de este que nos definimos. Nuestro arte dice más que la historia. Miguel de Unamuno y la Generación del 98 entienden esto como una necesidad; debe decir algo sin importar demasiado cómo. Toda esta insurgencia se opone a las cadenas metafóricas que arrastraban los realistas en su literatura, siendo en este caso Niebla el pico nivolesco que las corta.

     Dicho esto, queda señalar algunas cosas negativas del trabajo. La novela se prestaba perfectamente para introducir a la mujer en un rol más innovador. Con el personaje de Eugenia, era posible lograr algo desafiante para sacudir los cimientos de la cultura predominantemente patriarcal. Unamuno decidió subscribirse a las costumbres de la época y continuar en una dirección misógina que para los estándares de hoy en día, queda bastante obsoleta.

     Así mismo, el pesimismo en la novela casi rayaba en una filosofía de lo absurdo, es decir, que los esfuerzos del humano por encontrar un propósito a la vida por medio de las ciencias, el arte y la vida en sociedad, son inútiles. Esto creo una contradicción, ya que los personajes constantemente realizan una búsqueda existencial, pero recurren a una solución fácil como el escape (Rosario y Eugenia), la resignación (Ermelinda y Fermín), o el suicidio (Augusto, aunque no lo haya logrado lo consideró su solución final). Claro, es cierto que a Unamuno le interesaba más la metafísica de una frágil distinción entre nuestra realidad y la ficción, los diferentes planos que pudieran existir ajenos al nuestro y si acaso era esta la respuesta a la vida del más allá, pero de todos modos, esta exploración sufre como resultado de la paradoja antes mencionada.

     Miguel de Unamuno concibió Niebla como algo estrechamente personal, y a la vez inevitablemente de todos; quizás la nivola no es tan popular como debería de ser, pero sí fue un pilar esencial en la construcción de una novela más intelectual, moderna, y artística.

Bibliografía y enlaces de referencia

     —Ministerio de Ciencia y Educación de España, Madrid, 1982. Miguel de Unamuno, 1864-1936: Expedientes administrativos y otros documentos.
     —Carr, Raymond: España, 1808-1975. Barcelona, 1996.
     —Montero, Julio; Roig, José: España, una historia explicada, 2005.
     —Salinas, Pedro, Literatura española del siglo XX, Madrid: Alianza Editorial, 1972.
     —Unamuno, Miguel (2012-10-08). NIEBLA (comentado) (Spanish Edition) (Kindle Locations 3052-3057).Kindle Edition.
     —Riquer, Martín: España, Madrid, 2007. Historia de la literatura universal 2.
     —G. Egido, Luciano: Salamanca, España, 1983. Salamanca, la gran metáfora de Unamuno.
     —http://www.biografiasyvidas.com/biografia/u/unamuno.htm
     —http://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_de_Unamuno
     —http://en.wikipedia.org/wiki/Miguel_de_Unamuno
     —http://es.wikipedia.org/wiki/Absurdismo
     —http://roble.pntic.mec.es/cgee0016/4esohistoria/quincena5/textos/quincena5pdf.pdf


[2] Ministerio de Ciencia y Educación de España, Madrid, 1982. Miguel de Unamuno, 1864-1936: Expedientes administrativos y otros documentos
[3] Carr, Raymond: España, 1808-1975. Barcelona, 1996.
[4] Montero, Julio; Roig, José: España, una historia explicada, 2005.
[5] Salinas, Pedro, Literatura española del siglo XX, Madrid: Alianza Editorial, 1972.
[6] Unamuno, Miguel (2012-10-08). NIEBLA (comentado) (Spanish Edition) (Kindle Locations 3052-3057).Kindle Edition.

Peter Domínguez es un escritor de ciencia ficción y fantasía oscura radicado en la República Dominicana. Publica regularmente en la revista bimensual miNatura, y ha sido colaborador por varios años en el Blogzine Zothique The Last Continent. Actualmente estudia Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).