Cuento corto: Los rostros sin nombre

Resido en un mundo horrible. Un lugar donde todos carecen de semblante, excepto yo. Sin labios, ojos,  orejas; mas son capaces de hablar, ver, escuchar. Simulamos entendernos, y evito cuestionar qué son o quiénes son. Reconozco a la mayoría. Aún sin sus caras sé que los conocía, o los conozco, pero no conservo la menor idea de lo sucedido. Estoy atrapado. Los susurros penetran profundamente los tímpanos resonando como alaridos infernales que infectan mis cavidades auditivas, me roban la fuerza, hielan la sangre, y provocan un temblor incontrolable que invade el cuerpo. Los observo detenidamente. Su faz es completamente plana. Es inexistente. Sombras. Deseo poder gritar a amplio pulmón, correr, escapar,  ¡quiero advertir algo más que murmullos!

   Cada vez que pronuncian palabras, presto atención. No debería hacerlo, ansío ignorar esas atroces voces que acceden al interior y juguetean con un alma frágil e inocua. Pero no puedo evitarlo. Me muestran visiones del futuro, un porvenir  obscuro donde la muerte es sinónimo de vida, el sufrimiento asesinó salvajemente a la alegría y el olor de las flores es rancio. Procuro respirar en el vacío —me sofoco— y aunque los rostros sin nombre musitan, en mi recóndito es un monstruoso chillido de ultra tumba que acomete cada rincón del espíritu y lo quebranta mientras una horrísona desesperación destruye gradualmente la sanidad.

   —Defectuoso, corrupto, humano —exclamaban—. Eres falso, tienes una imagen y tratas de esconderla. Eres como nosotros. Usa una máscara y transfórmate en uno más de los nuestros.
   —¡No, jamás cambiaré en uno como ustedes! Soy mi propia persona, no podrán absorberme en su locura. No utilizaré un disfraz para esconderme y desaparecer, lanzando un endemoniado siseo que conjunte una sinfonía espantosa de lamentos de los olvidados.
   —La máscara es impecable. Hecha a tu medida. Mil imaginaciones fueron sacrificadas para forjar su carencia de emociones. ¡Insensato! ¿No es liberarse de la despreciable humanidad lo que te acerca a la divinidad?

   Se aproximaban y pronto rodearon donde permanecía en pie. Atormentándome, sentía como podían examinar más allá de mi psiquis. Un ojo invisible que transitaba por cada uno de los recodos más abismales del universo. Innombrables eran los que consumían mi esencia y se alimentaban de mi cordura. Eran espectros que manifestaban las atrocidades más inconcebibles de nuestro cosmos y moldeaban una nueva materialidad con los mayores espantos de las peores pesadillas. Una dimensión que estaba viva y muerta a la vez. Era en sí misma un organismo perfecto, aunque a la vez no ofrecía nada. Vomitaba tragedias que se convertían en padecimiento infinito, y de repente dominaba una serenidad siniestra. Éramos uno y agonizábamos en lo que nos retorcíamos. Una repulsiva metamorfosis transfiguraba radicalmente nuestras formas. De repente éramos el cuchillo del asesino, el látigo del torturador, el pecado del impío, la violencia del tirano, la crueldad del sádico. Fuimos y a la vez dejamos de ser, y los percibía con tan solo tenerlos cerca,  sabía que nunca pertenecería a su macabra realidad. Rompí la máscara en el suelo en cientos de diminutos pedazos y lloré por horas mientras ellos se distorsionaban en apariencias extrañas y asediaban este complejo infinito que se quebrantaba, demoliéndose pedazo por pedazo a modo de reacción en cadena, como piezas de dominó que caen una tras otra.
  
   Un rostro sin nombre se desfiguró y luego intentando reconstruirse tomó una forma familiar. Era mi madre, pero también era mi hermana pequeña. También fue el padre que nunca tuve, los hijos que murieron y la esposa que desapareció. Y yo era feliz. Moraba ahora en un lugar apacible, sin preocupaciones y  se sentía bien, excepto cuando veía la imagen de un niño pequeño siendo torturado. Era una visión momentánea de menos de un segundo; pero allí se encontraba, podía verla cada vez con más frecuencia. Y mis parientes parecían cadáveres descompuestos por la misma duración, cada vez que aquel panorama saltaba frente a mi vista.

   —¿Por qué ocurre esto? Ustedes no mis seres queridos. Los veo y en un momento son otros, y no creo sentirme bien. Es como si murieran incontables veces y están aquí para angustiarme con su inasequible presencia.
   —No te lamentes y disfruta. Somos quienes quieres que seamos —dijeron al hablar al unísono.
   —Los amo y sé que no son ustedes, pero es el sentimiento que dictamina el corazón. ¿Estoy en una pesadilla? No lo puedo intuir correctamente, pero estoy convencido de que ya no estoy en el mismo lugar donde solía alojarme, y donde la humanidad subsistía conmigo, y yo con ellos.

   Desaparecieron en un instante, formaron un pozo donde todas las penas se concentraron y luchaban por conquistar el orbe que se desmoronaba frente a mí. Los engendros más extravagantemente horrendos surgían del agujero y se consumían unos con otros. En una orgía de diabólica pasión, los pensamientos ocultos de una consciencia colectiva de toda la humanidad surgieron a la luz, y con una pluma blanca, herido de muerte era el inmortal. Hablamos de un lugar donde el odio es intensificado y la muerte no es castigo, ni siquiera opción. Los demonios preguntan por las esencias,  las quieren para comprar con ellas una nueva razón de contaminar con dolencia aquello que es y será. Ríen en lo que  separan las ánimas de lo que las haga diferentes, vertiéndolas en una sola pócima. Pero lucho, batallo con todas las fuerzas que me quedan para liberarme de horripilante agonía. Buscan obstaculizarme y afligen un dolor que no debe sentirse pero aun así se manifiesta a mi organismo, pesar que altera en demasía cualquier entendimiento, ensordeciendo con un eco por el más mínimo recoveco de quién soy, presentando como ondas distantes e intermitentes, reflejos de lo que cambiaría si alguna vez vencieran.

   Aspiro a salvar al mundo, pero soy impotente. Lucho con poder de consciencia y rechazo les influencias que planean invadir el plano de la realidad en que millones de inocentes habitan. Contemplo un hermoso atardecer entre tanto las sombras se acercan con rapidez, y lo único que pasa por mi mente: «Anhelo ser el amo de una nueva existencia, donde  tengamos un rostro y nombre.»

 


Fin

 

Peter Domínguez es un escritor de ciencia ficción y fantasía oscura radicado en la República Dominicana. Publica regularmente en la revista bimensual miNatura, y ha sido colaborador por varios años en el Blogzine Zothique The Last Continent. Actualmente estudia Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).