El Diálogo en La Celestina y su papel en la caracterización de los personajes

    La Tragicomedia de Calisto y Melibea es una de las obras fundamentales, no sólo para la literatura española y el desarrollo del teatro realista moderno, sino como patrimonio histórico y cultural de un período en que sus artes abandonaban el medievo y tímidamente empezaban a abrazar el renacimiento. Marcada por las proezas de los Reyes Católicos, esta época intermedia contó con importantes avances para el imperio ibérico como lo fueron la conquista de Granada entre 1481 y 1482, al igual que el descubrimiento de América en 1492. Pero un suceso aún más fundamental para la literatura sucedería ese mismo  año: la gramática de Nebrija. La edición más antigua que se conoce de este trabajo del bachiller Fernando Rojas, data del año 1499, durante la última fase de esta etapa que se le conoce como Prerrenacimiento, finalizando aproximadamente en 1504. Enfrentar tantos cambios demandaba una rotura con las normas y tradiciones establecidas; o mejor dicho, una actualización que estuviera acorde con la realidad del pueblo y no con los estándares obsoletos que respondían a funciones puramente dogmáticas por encima de poéticas o literarias.

   En medio de esta necesidad, se introduce La Celestina, y sin embargo amenazaba por pasar desapercibida, probablemente debido a la dificultad de si clasificarle como comedia o tragicomedia; más aún de si se trataba de una obra de teatro en su totalidad, ya que su configuración era bastante complicada; a pesar de estar dividida en actos, su sobreabundancia del diálogo y la falta de acciones claras presentaron un reto para su categorización, incluso siglos después. Pero su inmensa popularidad motivó a la crítica a recibir con aclamo la autenticidad de los personajes, su interacción compleja y la avanzada psicología detrás de los mismos, creándose así un género nuevo llamado celestinesco. Un considerable crecimiento en la maduración de estos es el hecho de que rompen con sus arquetipos; Calisto es más que el típico héroe medieval, no siempre dispuesto a hacer lo correcto; Melibea no es una simple doncella que representa la pureza y el acercamiento a lo sacro, es una tentación de la carne que resulta en la perdición del protagonista; sus criados no son fieles ni confiables y no les interesa el bienestar de su amo; Celestina, aunque villana, no tiene sentimientos cuadrados y motivaciones poco complejas; a pesar de su nefasta profesión es representada muchas veces como una consecuencia del mundo en que es forzada a vivir, siendo el mismo caso con las prostitutas a su servicio. El autor logra dar esta nueva vida a cada uno de los humanos que habitan en su creación, no rechazando abiertamente los estereotipos que existen en cada uno de ellos —o que se esperan de los mismos— sino reconociéndolos y desafiándolos.

    Mediante un diálogo muy inteligente que por sobretodo logra reflejar la condición humana, se edifican cada una de las personalidades. Como ejemplo es el caso de Celestina, que dada su condición de hechicera, se le otorga una peculiar forma de expresarse donde sus palabras parecen estar encantadas y embrujar a todo el que le escucha. Es así como se hace referencia a su naturaleza engañosa y traicionera, de igual manera a su participación en las artes oscuras:

  “CELESTINA.- ¡Oh rigurosos trances! ¡Oh cruda osadía! ¡Oh gran sufrimiento! ¡Y qué tan cercana estuve de la muerte, si mi mucha astucia no rigiera con el tiempo las velas de la petición! ¡Oh amenazas de doncella brava! ¡Oh airada doncella! ¡Oh diablo a quien yo conjuro, cómo cumpliste tu palabra en todo lo que te pedí!” [1]

   La cita anterior demuestra con brevedad esa esencia que caracteriza a Celestina; agradece por su astucia y celebra los beneficios de conjurar al demonio, es decir, a pesar de aliarse abiertamente con el enemigo del cristianismo, demuestra un ingenio particular al hacerlo, no siendo una devota sin razón de un ocultismo antagónico que encarna el otro filo de la espada. El interés es desarrollar el propio estilo de la vieja con sus cualidades como persona, hedonista, avara, libertina.

   Calisto, por otro lado, parecería ser una figura más tradicional. Una especie de héroe que cae en tragedia como parte de la herencia griega… pero esto sólo es en la superficie; dicho noble carece del heroísmo tradicional. Es un antihéroe sin lugar a dudas. Los grandes campeones de Tebas logran poner incluso el amor a un lado para cumplir sus labores, mas Calisto es completamente débil y presto a enamorarse excesivamente y sin control de Melibea. Pero este amor desenfrenado no es beneficioso, ya que resulta caótico y se condena desde el inicio. Dicha cualidad lo transforma en un campeón de sus sentimientos, pero en un villano de la temperancia:

“CALISTO.- ¿Gentil dices, señora, que es Melibea? Parece que lo dices burlando. ¿Hay nacida su par en el mundo? ¿Crió Dios otro mejor cuerpo? ¿Puédense pintar tales facciones, dechado de hermosura? Si hoy fuera viva Helena, por quien tanta muerte hubo de griegos y troyanos, o la hermosa Policena, todas obedecerían a esta señora por quien yo peno. Si ella se hallara presente en aquel debate de la manzana con las tres diosas, nunca sobrenombre de discordia le pusieran, porque sin contrariar ninguna, todas concedieran y vinieran conformes en que la llevara Melibea. Así se llamara manzana de concordia. Pues cuantas hoy son nacidas, que de ella tengan noticia, se maldicen, querellan a Dios porque no se acordó de ellas cuando a ésta mi señora hizo. Consumen sus vidas, comen sus carnes con envidia, danles siempre crudos martirios, pensando con artificio igualar con la perfección que sin trabajo dotó a ella natura. De ellas, pelan sus cejas con tenacicas y pegones y a cordelejos; de ellas, buscan las doradas hierbas, raíces, ramas y flores para hacer lejías con que sus cabellos semejasen a los de ella. Las caras martillando, envistiéndolas en diversos matices con ungüentos y unturas, aguas fuertes, posturas blancas y coloradas, que por evitar prolijidad no las cuento. Pues la que todo esto halló hecho, mira si merece de un triste hombre como yo ser servida…” [2]

   Es obvio que Calisto es una regresión a la tragedia clásica griega, pero no como una autoridad a seguir; el objetivo no es fomentar la idea de que la herencia griega debe retornar al teatro para iniciar una clase de neotragedia. Octavio Paz decía en El Arco y la Lira que “[…] En el poema el lenguaje recobra su originalidad primera, mutilada por la reducción que le imponen prosa y habla cotidiana. La reconquista de su naturaleza es total y afecta a los valores sonoros y plásticos tanto como a los significativos. La palabra, al fin en libertad, muestra todas sus entrañas, todos sus sentidos y alusiones, como un fruto maduro o como un cohete en el momento de estallar en el cielo”.[3] Así mismo, no es imperativo reintegrarse a los antiguos dramas, sino reconquistar su naturaleza, sin necesidad de reproducir estatutos o adherirse a normativas obsoletas; se trata de comprender la originalidad de las primeras representaciones y motivarse a revolucionarlas. Melibea forma parte de dicha revolución. La genialidad en su concepción es que no existe como la doncella inalcanzable, renovadora y espiritualmente redentora asociada comúnmente a las obras medievales anteriores; es carnal, pecadora y fruto prohibido obtenido. Pero no se expone como la raíz de todo mal. Aquí es donde de nuevo interviene el realismo de Rojas, debido a que la amada de Calisto no es una tentación sin identidad, diría que todo lo contrario: es una persona con tantas cualidades que resulta por consecuencia seductiva.

“MELIBEA.- […] ¿Quién es el que me ha de quitar mi gloria? ¿Quién apartarme mis placeres? Calisto es mi ánima, mi vida, mi señor, en quien yo tengo toda mi esperanza. Conozco de él que no vivo engañada, pues él me ama, ¿con qué otra cosa le puedo pagar? Todas las deudas del mundo reciben compensación en diverso género; el amor no admite sino solo amor por paga. En pensar en él me alegro, en verlo me gozo, en oírlo me glorifico. Haga y ordene de mí a su voluntad. Si pasar quisiere la mar, con él iré; si rodear el mundo, lléveme consigo; si venderme en tierra de enemigos, no rehuiré su querer. Déjenme mis padres gozar de él si ellos quieren gozar de mí.
[…] ¡Afuera, afuera la ingratitud, afuera las lisonjas y el engaño con tan verdadero amador, que ni quiero marido, ni quiero padre ni parientes! Faltándome Calisto, me falte la vida, la cual, porque él de mí goce, me aplace.” [4]

  Esta dispuesta incluso a renunciar a sus padres por el amor. La descontrolada pasión es el acto más condenado por el autor, y por el cual surgen todas las penumbras que acaecen a los involucrados.

   Sempronio y Pármeno, son colocados en contraste para reflejar dos caras de una moneda en un principio, aunque luego la influencia de los demás personajes degrada la lealtad de Pármeno al amo, como ya hacía tiempo le había ocurrido a Sempronio. En cierta manera es uno de los casos más infortunados, ya que en realidad si existía bien en él, pero esta bondad no era incorruptible; el engaño por la avaricia lo llevó a su perdición, al igual que a Celestina y Sempronio.

“PÁRMENO.- ¡Desvariar, Calisto, desvariar! Por fe tengo, hermano, que no es cristiano lo que la vieja traidora con sus pestíferos hechizos ha rodeado y hecho. Dice que los santos de Dios se lo han concedido e impetrado. Y con esta confianza quiere quebrar las puertas, y no habrá dado el primer golpe cuando sea sentido y tomado por los criados de su padre, que duermen cerca.

SEMPRONIO.- Ya no temas, Pármeno, que harto desviados estamos. En sintiendo el bollicio, el buen huir nos ha de valer. Déjale hacer, que, si mal hiciere, él lo pagará.

PÁRMENO.- Bien hablas, en mi corazón estás. Así se haga. Huyamos la muerte, que somos mozos. Que no querer morir ni matar no es cobardía, sino buen natural. Estos escuderos de Pleberio son locos, no desean tanto comer ni dormir como cuestiones y ruidos. Pues más locura sería esperar pelea con enemigo que no ama tanto la victoria y vencimiento como la contina guerra y contienda. ¡Oh, si me vieses, hermano, cómo estoy, placer habrías! A medio lado, abiertas las piernas, el pie izquierdo adelante, puesto en huida, las faldas en la cinta, la adarga arrollada, y so el sobaco, por que no me empache. ¡Que, por Dios, que creo huyese como un gamo, según el temor que tengo de estar aquí!” [5]

   En total desacuerdo con el concepto de lo que debe ser un criado, Sempronio y Pármeno estiman poco a su amo y no piensan siquiera defenderlo. Es una negación a la idea del servidor fiel, innegable; muestra una faceta más terrestre que celestial, denunciando indirectamente la ufana y fútil búsqueda de la perfección.

   Se ha ordenado el diálogo como respuesta a las preguntas “¿quién habla y por qué?”, y sus respuestas no se obtienen garabateando vocablos, ni conjugando frase tras frase por el simple ejercicio de hacerlo. La contestación se obtiene porque el autor sabe que debe imaginar primero personajes dotados de humanidad, para que lo que digan tenga significado más allá que el otorgado por los signos de nuestro idioma, un valor que se estime porque lo han dicho seres vivos, que ríen, lloran, aman y odian; aquellas criaturas que se conocen por su dualidad infinita.


[1] Acto V
[2] Acto VI
[3] Octavio Paz, El Arco y la Lira (México: Fondo de Cultura Económica, 1956), pág. 22
[4]  Acto XVI
[5] Acto XII 

Peter Domínguez es un escritor de ciencia ficción y fantasía oscura radicado en la República Dominicana. Publica regularmente en la revista bimensual miNatura, y ha sido colaborador por varios años en el Blogzine Zothique The Last Continent. Actualmente estudia Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).